En febrero, los padres de niños pequeños se llevaron una desagradable sorpresa: Se enteraron de que muchos alimentos para bebés comprados en las tiendas, tanto convencionales como orgánicos, contienen niveles peligrosos de metales pesados que reducen el coeficiente intelectual.

Este hallazgo, resultado de una investigación del Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes, documentó la presencia de arsénico inorgánico, cadmio, plomo y mercurio altamente tóxicos en los alimentos para bebés, en niveles muy superiores a los límites establecidos por los reguladores para el agua potable y otros productos.

Un informe de octubre de 2019 de ‘Healthy Babies Bright Futures’ impulsó la investigación del Congreso. En sus análisis de 168 alimentos para bebés, la organización descubrió que el 95% estaban contaminados con al menos uno de los cuatro metales, y con más frecuencia, con dos o más.

Los cuatro metales son neurotoxinas conocidas en los niños, sustancias que “afectan especialmente al desarrollo neurológico y al rendimiento intelectual”. Según el informe del Congreso:

“La exposición a los metales pesados tóxicos provoca una disminución permanente del coeficiente intelectual, una reducción de la productividad económica futura y un mayor riesgo de comportamiento delictivo y antisocial en los niños. Los metales pesados tóxicos ponen en peligro el desarrollo neurológico infantil y la función cerebral a largo plazo.”

El arsénico, un contaminante común de las aguas subterráneas en muchas zonas, “ocupa el primer lugar entre las sustancias presentes en el medio ambiente que suponen la amenaza potencial más importante para la salud humana”, según el informe. El plomo ocupa el segundo lugar, el mercurio el tercero y el cadmio el séptimo.

Los niveles de arsénico encontrados en los alimentos infantiles analizados eran hasta 91 veces el máximo permitido por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (‘U.S. Food and Drug Administration’, FDA por sus siglas en inglés) para el agua embotellada, y hasta 69 y 177 veces para el cadmio y el plomo, respectivamente. Los niveles de mercurio en los alimentos para bebés eran hasta 5 veces superiores al nivel establecido por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos para el agua potable.

Inacción industrial y normativa

Cuatro empresas -Beech-Nut, Gerber, Hain y Nurture- cooperaron con la petición del subcomité del Congreso de documentos internos y datos de pruebas. Tres empresas -Campbell, Sprout Organic Foods y Walmart- no lo hicieron.

La investigación descubrió que para la gran mayoría de los alimentos para bebés, los fabricantes “son libres… de no realizar ninguna prueba“. Según el informe, la FDA “sólo ha establecido una norma sobre metales para una categoría limitada de alimentos infantiles”: una norma sobre arsénico inorgánico de 100 partes por billón (ppb) para los cereales de arroz. Pero incluso esta norma “es demasiado alta para proteger contra los efectos neurológicos en los niños”.

Durante décadas, los reguladores han hecho oídos sordos a los padres de niños con autismo que informaron de cargas corporales de metales pesados en sus hijos muy por encima de las directrices federales de seguridad, incluso cuando las preocupaciones de los padres estaban respaldadas por investigación y videos caseros (ver abajo) antes y después de los tratamientos para eliminar estos metales del cuerpo. En muchos casos, esos tratamientos documentaron una notable mejoría, e incluso la recuperación, del autismo diagnosticado.

Evaluación de la toxicidad de los metales pesados

Los toxicólogos suelen evaluar los efectos de una sustancia sobre la salud humana de dos maneras. En primer lugar, consideran las formas específicas de toxicidad (como el cáncer o los daños en el desarrollo neurológico) y evalúan “las condiciones en las que estas formas de toxicidad podrían aparecer” en individuos expuestos a la sustancia, teniendo en cuenta la vía de entrada en el organismo (es decir, ingestión, inyección, inhalación o absorción cutánea).

La segunda vía para evaluar la toxicidad consiste en examinar la relación dosis-respuesta. Sin embargo, para las “evaluaciones de riesgo e impacto en la vida real” de la exposición crónica de bajo nivel -como la ingestión diaria de alimentos infantiles contaminados- los toxicólogos sostienen cada vez más que los estudios “clásicos” de dosis-respuesta son inadecuados. En su lugar, estos científicos señalan la necesidad de evaluar “factores complejos que interactúan”, incluyendo ventanas de susceptibilidad (como el embarazo o el desarrollo temprano); vulnerabilidades genéticas, nutricionales o metabólicas que predisponen a peores resultados; y la co-exposición a múltiples toxinas, lo que lleva a efectos potencialmente sinérgicos.

El informe de 2019 de ‘Healthy Babies Bright Futures’ señaló que, además de los metales pesados, los alimentos para bebés están plagados de otras sustancias químicas neurotóxicas -como el perclorato, los ftalatos y el glifosato- y que todas estas exposiciones diarias pueden “llevar” a impactos significativos en la salud.

Fundamentalmente, los científicos consideran que el arsénico, el cadmio, el plomo y el mercurio son “toxinas sin umbral“, lo que significa que pueden causar efectos adversos “en prácticamente todos los niveles de exposición“.

Abundantes pruebas de neurotoxicidad

Las pruebas incontrovertibles de que el arsénico inorgánico, el cadmio, el plomo y el mercurio son neurotóxicos esbozan efectos en forma de disminución del coeficiente intelectual, así como resultados adversos para el neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista y el trastorno por déficit de atención/hiperactividad (TDAH), dos afecciones que no han dejado de aumentar durante varias décadas y que, además, suelen coincidir.

Existe una amplia investigación que relaciona los metales con el autismo, incluyendo pruebas de biomarcadores en la orina, la sangre, el pelo, las uñas y los dientes de leche, que ponen de manifiesto las marcadas diferencias en los niveles de estos metales en los niños autistas frente a los neurotípicos.

Las investigaciones también confirman que “la coexposición a múltiples metales puede dar lugar a una mayor neurotoxicidad en comparación con la exposición a un solo metal, en particular durante los primeros años de vida.” Un estudio de 2017 mostró, por ejemplo, que los niños con autismo tienen niveles significativamente más altos de arsénico y mercurio en la sangre en comparación con los controles sanos.

Otro estudio publicado en 2015 encontró niveles más altos de mercurio, plomo y aluminio en el cabello de los niños autistas, en comparación con los controles emparejados.

Los estudios sobre la inteligencia no han sido tranquilizadores. Por ejemplo, un meta-análisis de los estudios sobre el arsénico no sólo mostró un “efecto negativo significativo sobre el desarrollo neurológico y los trastornos del comportamiento”, sino que concluyó que cada aumento del 50% en los niveles de arsénico produciría una disminución de 0,4 en el coeficiente intelectual de los niños. En las poblaciones europeas, los investigadores han calculado que las pérdidas de CI debidas a los alimentos contaminados con plomo oscilan entre 0,1 y 0,49 puntos de CI.

El cadmio y el mercurio también están asociados a una mala cognición.

Proteger a las generaciones actuales y futuras

Una característica interesante del informe del Congresopresentado en febrero sobre los alimentos para bebés es que condena el letargo normativo imperante, arremetiendo contra la FDA (así como contra la industria) por no tomar medidas.

Lo que hace que la falta de voluntad de los reguladores para escuchar a los padres sea aún más preocupante es que los padres han podido citar no sólo su experiencia directa, sino también las abundantes pruebas sobre los efectos neurotóxicos de los metales en los bebés. Esa evidencia -y las ramificaciones para la sociedad en general- no son nuevas ni oscuras.

En 2005, por ejemplo, un estudio saltó a los titulares de la CBS cuando mostró que “cientos de miles de bebés nacen cada año con un coeficiente intelectual más bajo asociado a [in utero] exposición al mercurio” y que las disminuciones permanentes del coeficiente intelectual -pérdidas que van desde “una quinta parte de un punto de coeficiente intelectual hasta hasta 24 puntos”- cuestan a los Estados Unidos “8.700 millones de dólares al año en potencial de pérdida de ingresos”.

Los autores del estudio de 2005 sobre el mercurio y el coeficiente intelectual advirtieron: “La pérdida de inteligencia resultante provoca una disminución de la productividad económica que persiste durante toda la vida de estos niños.”

Sin embargo, los efectos no se limitan necesariamente a una sola generación, como demuestran los estudios de epigenética y herencia transgeneracional. Las modificaciones epigenéticas, definidas como “alteraciones estables y heredables de la expresión de los genes y de la función celular”, se producen en respuesta a desencadenantes ambientales, incluidos los metales pesados. Un estudio de 2017 demostró que los cambios epigenéticos inducidos por el arsénico, por ejemplo, tienen efectos de gran alcance en la homeostasis celular y en las vías que conducen al cáncer.

Lejos de ser “adaptativos”, los investigadores advierten que estos cambios epigenéticos, transmisibles a la descendencia, tienen el potencial de “generar una plétora de estados patológicos de enfermedad.”

Como informó ‘The Defender’ a finales de febrero, la acción legal puede ser la única forma de proteger a las generaciones actuales y futuras de bebés de estos alimentos tóxicos y de sus impactos posteriores.

En 2019, ‘Children’s Health Defense’ (CHD por sus siglas en inglés) presentó una demanda contra Beech-Nut por falsear su línea de productos Beech-Nut Naturals como “100% naturales” a pesar de contener residuos de varios pesticidas sintéticos. La demanda de CHD alegaba que el etiquetado y la comercialización engañosos “embaucan a los padres que tienen la intención de ser cuidadosos con lo que contienen los alimentos infantiles que proporcionan a sus hijos”.

En todo el país están aflorando otras demandas en nombre de niños expuestos a alimentos infantiles contaminados con metales pesados los cuales desarrollaron autismo o TDAH.