Antes de que surgiera la pandemia de COVID-19, los modelos de transmisión de la enfermedad que se venían aplicando desde hace tiempo mostraban que aislar a los residentes de residencias de ancianos provocaría un aumento de las infecciones y las muertes.
Y, sin embargo, cuando el COVID-19 hizo su aparición, los gobiernos de todo el mundo, alegando que estaban “siguiendo la ciencia“, aplicaron normativas que aislaban a las personas mayores y vulnerables en residencias de ancianos.
Esa decisión provocó decenas de miles de muertes en los primeros meses de la pandemia sólo en Estados Unidos.
Si los responsables de la sanidad pública hubieran aplicado los modelos epidemiológicos estándar utilizados antes de COVID-19 para fundamentar la normativa en materia de enfermedades infecciosas, habría quedado claro de antemano que sus medidas políticas al respecto conducirían a los “peores resultados posibles” para las personas vulnerables, según un estudio revisado por expertos y publicado el 20 de octubre en “PLOS ONE”.
Investigadores de “Correlation”, una organización canadiense sin ánimo de lucro dedicada a la investigación de interés público, pusieron a prueba un modelo epidemiológico estándar utilizado en la salud pública mundial para investigar cómo afectaría a esas poblaciones el hecho de aislarlas juntas en centros de atención centralizados durante una pandemia.
El autor principal, el doctor Joseph Hickey, declaró a “The Defender” que se trataba de una cuestión importante, dados los “desastrosos resultados” de las medidas políticas de las residencias de ancianos durante la pandemia.
Tales modelos -que existían en la literatura científica desde décadas antes de la declaración de pandemia COVID-19 de la Organización Mundial de la Salud del 11 de marzo de 2020- “predicen sin ambigüedad un aumento significativo de la tasa de ataque de enfermedades infecciosas para la población vulnerable cuando se la aísla y segrega de la población general”, escribió Hickey en un comunicado de prensa.
“Los gobiernos utilizaron estos modelos para justificar muchas, muchas medidas políticas, como los confinamientos y el aislamiento de personas en residencias”, dijo Hickey. “Pero yo diría que eran un pretexto más que una justificación válida”.
Dijo que se podría suponer que un modelo predeciría que aislar completamente a las personas vulnerables en una epidemia tiene sentido. Pero cuando haces los cálculos, “resulta que es lo contrario. En realidad es lo peor que puedes hacer”.
Y añadió: “Es contraintuitivo en ese sentido, y demuestra que la reacción instintiva del gobierno de segregar a los vulnerables era incorrecta. Ese es el resultado que obtuvimos al hacer esta investigación”.
Según el estudio, los gobiernos utilizaron modelos epidémicos teóricos para elaborar políticas para el COVID-19 con “visión de túnel”, centradas únicamente en reducir el riesgo de infección por un virus concreto.
“Parece que no han tenido en cuenta lo que esos mismos modelos predicen sobre las tasas de infección en condiciones de segregación en residencias asistenciales; y parece que no han tenido en cuenta el aumento exponencial de la tasa de mortalidad por infección con la edad”, escribieron los autores del estudio.
En lugar de proteger a las personas vulnerables, “las políticas de segregación en residencias de ancianos pueden haber sido responsables de muchas muertes atribuidas al COVID-19 en los países occidentales”, escribieron los autores.
Cómo se llevó a cabo el estudio
Los investigadores utilizaron un modelo compartimental general “susceptible-infeccioso-recuperado” -el modelo que, según se informa, se utiliza como base de las políticas COVID-19 en todo el mundo- para modelizar los resultados sanitarios entre dos tipos de personas: robustas, que constituyen la mayoría de la población, y vulnerables, que constituyen la minoría.
El modelo tiene en cuenta los diferentes niveles de susceptibilidad de los dos grupos. Predice los resultados sanitarios para ellos basándose en dos parámetros clave: la frecuencia con la que una persona entra en contacto con individuos infecciosos y el tiempo que tarda en recuperarse de una enfermedad y volverse inmune.
Estos parámetros son la base de los modelos epidemiológicos de referencia sobre los que se construyen “esencialmente todos” los modelos más sofisticados. Utilizan estos parámetros para determinar cuándo surge una epidemia y cuál será su magnitud y duración, escribieron los autores.
Comprender cómo interactúan y cambian estos parámetros en una situación dada es clave para entender los impactos de cualquier intervención no farmacéutica introducida durante una epidemia.
Para medir los efectos del aislamiento de los vulnerables en una pandemia, los investigadores utilizaron el modelo susceptible-infeccioso-recuperado para modelizar los resultados en las poblaciones robusta y vulnerable en diferentes escenarios de aislamiento e interacción.
Descubrieron que las personas vulnerables tienen un menor riesgo de infección si se entremezclan con la población robusta que si se aíslan juntas en residencias, donde están expuestas a más personas infecciosas durante periodos de tiempo más largos.
Tratar de aislar a las personas vulnerables en las residencias no funciona, señalaron los autores, porque las enfermedades respiratorias transmitidas por el aire circulan a través de partículas víricas en suspensión de larga duración y todos acaban respirando el mismo aire.
También subrayaron que recluir a las personas en residencias las aísla de la sociedad, de sus seres queridos y de otros residentes. Se ha demostrado que factores psicosociales como la depresión, la falta de apoyo social y la soledad tienen graves efectos negativos sobre la salud.
Los autores concluyeron que los conocimientos existentes en el momento en que se declaró la pandemia ya indicaban que el aislamiento y la segregación de los ancianos no serían beneficiosos para prevenir muertes en circunstancias epidémicas o pandémicas.
El estudio es importante, según Hickey, para fundamentar las investigaciones en curso sobre la catástrofe sanitaria ocurrida en residencias de ancianos de Canadá y otros países en la primavera de 2020.
Muertes en residencias de ancianos en EE.UU. y Canadá
En marzo de 2020, los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS), una subagencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE.UU., emitieron un memorando en el que ordenaban a las residencias de ancianos de EE.UU. restringir todas las visitas y el personal sanitario no esencial, salvo en determinadas situaciones de cuidados compasivos.
Los CMS no levantaron esas restricciones hasta noviembre de 2021, cuando siguieron ordenando a los centros asistenciales que pidieran a los visitantes que se pusieran mascarillas, que mantuvieran la distancia social cuando “la transmisión en la comunidad fuese alta” y que realizaran pruebas de COVID-19.
Durante 18 meses, se restringió, limitó o disuadió a la gente de visitar a sus seres queridos vulnerables en residencias de ancianos.
Entre marzo de 2020 y junio de 2021, murieron 187.000 residentes y personal de residencias de ancianos en Estados Unidos.
Al comienzo de ese periodo, al menos cinco gobernadores, entre ellos el de Nueva York, Andrew Cuomo, ordenaron a las residencias de ancianos que readmitieran a los enfermos que habían sido enviados a hospitales con un diagnóstico de COVID-19.
Muchos argumentaron que esta práctica provocó la muerte masiva de residentes de residencias de ancianos al inicio de la pandemia.
El doctor Martin Kulldorff calificó esa decisión de “criminal”en su testimonio de marzo ante el Subcomité Selecto de la Cámara de Representantes sobre la Pandemia de Coronavirus.
En los seis primeros meses tras la declaración de la pandemia, el 69% de las muertes en Canadá atribuidas a COVID-19 se produjeron en residencias de ancianos -una tasa superior a la de cualquier otro país rico-, según un informe del Instituto Canadiense de Información Sanitaria (“Canadian Institute for Health Information”).
Dicho informe constató que el número total de muertes de residentes era superior al de los años anteriores a la pandemia, incluso en lugares con menos muertes por COVID-19, lo que atribuyó a los efectos de las medidas de confinamiento y aislamiento en los residentes de residencias.
“La proporción de residentes que no tenían contacto con un ser querido se triplicó en la primera oleada, en comparación con años anteriores. Los residentes que no tenían contacto con familiares y amigos eran más propensos a ser evaluados con depresión”, señala el informe.
La situación empeoró tanto para las personas mayores y vulnerables aisladas en residencias durante esos seis primeros meses, que en Ontario y Quebec, 1.500 miembros de las Fuerzas Armadas canadienses se desplegaron en 32 de los “hogares más gravemente afectados”, donde encontraron niveles de abandono y maltrato tan graves que los residentes estaban muriendo de sed y desnutrición..
Pero los terribles resultados en las residencias de ancianos durante los primeros seis meses de la pandemia no tuvieron ningún impacto en las políticas nacionales o estatales para las residencias de ancianos durante la segunda oleada de COVID-19 en otoño de 2020, informó el CBC.
Hickey dijo que la mejor solución política es, y era, clara:
“Para las personas vulnerables en residencias es crucial poder mantener las visitas, poder ver a su familia y a otros visitantes y al personal. Así que eso es absolutamente esencial para su salud. Y hay muchas razones para ello, pero esas conexiones sociales son muy, muy importantes. Y el estrés del aislamiento y la soledad y de que tu mundo cambie de forma dramática, de no estar más con tu familia… ese estrés es realmente muy peligroso.
“Y cuando eres vulnerable, cuando ya estás en un estado vulnerable, eso en realidad puede ser bastante perjudicial para tu salud. Y también puede hacerte más susceptible a las enfermedades infecciosas. Eso está realmente demostrado en la literatura.
“Así que la forma de protegerlos es cuidarlos bien y asegurarse de que tienen buenas condiciones de vida, buena interacción y buenos cuidados”.