En 1999, el Dr. Peter Patriarca, funcionario líder de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (‘U.S. Food and Drug Administration’, FDA, por sus siglas en inglés) arguyóque los avances modernos en la tecnología de las vacunas estaban “superando rápidamente la capacidad de los investigadores para predecir posibles eventos adversos relacionados con vacunas”. Patriarca reflexionó que esto podría conducir a “una situación de resultados imprevistos e impredecibles de la vacuna”.

En un nuevo artículo de investigación publicado en ‘Microbiology & Infectious Diseases’, el veterano inmunólog,o J. Bart Classen, expresa preocupaciones similares y escribe que “las vacunas COVID basadas en ARN tienen el potencial de causar más enfermedades que la epidemia de COVID-19″.

Durante décadas, Classen ha publicado artículos que exploran cómo la vacunación puede dar lugar a enfermedades crónicas como la diabetes tipo 1 y tipo 2, no de inmediato, sino tres o cuatro años después.

En este último artículo, Classen advierte que la tecnología de vacunas basada en ARN podría crear “nuevos mecanismos potenciales” de eventos adversos de vacunas que pueden tardar años en salir a la luz.

El estudio de Classen establece el potencial de las vacunas de ARN mensajero (ARNm) desarrolladas por Pfizer y Moderna para activar que las proteínas humanas asuman “configuraciones patológicas”, configuraciones asociadas con enfermedades neurológicas degenerativas crónicas. Aunque su interés específico es en las enfermedades priónicas (condiciones asociadas con versiones mal plegadas de proteínas normales), Classen también describe un puñado de otros mecanismos mediante los cuales las vacunas basadas en ARN podrían dar lugar a “una multitud de otros posibles eventos adversos mortales”.

Garantizar que los pacientes comprendan claramente los riesgos, incluidos los riesgos conocidos, así como los posibles riesgos desconocidos, es un componente importante del proceso de consentimiento informado. Esto es tanto más cierto cuando la intervención es experimental y carece de datos de seguridad a largo plazo, como es el caso de las vacunas Pfizer y Moderna contra COVID-19. La FDA autorizó las dos vacunas para el uso generalizado de emergencia basándose en sólo dos meses de datos de ensayos clínicos.

Desafortunadamente, no es inusual que la comunicación de los investigadores sobre los riesgos sea somera. En octubre, investigadores de la Universidad de Nueva York y Tulane informaron que la información comunicada a los participantes en los ensayos clínicos de coronavirus sobre un problema preocupante conocido como cebado patógeno estaba “suficientemente oscurecida” como para hacer “poco probable” la “comprensión adecuada por parte del paciente” de los riesgos.”

Sería interesante saber lo que esos investigadores dirían acerca de la conclusión contundente de Classen de que “aprobar una vacuna, utilizando la nueva tecnología de ARN sin pruebas exhaustivas es extremadamente peligroso”.

Aquellos que se plantean si ponerse las inyecciones de COVID pueden estar ignorando los riesgos potenciales bajo su propio riesgo.