Había una vez un tiempo en el que los jóvenes aspiraban a ir a la universidad para poder desplegar sus alas, afirmar su independencia y ampliar sus horizontes en un entorno académico que facilitara el cultivo del carácter, el intelecto y las habilidades.

Pero en 2021, el precio de la admisión en muchas universidades incluye la renuncia tanto a la autonomía corporal como al pensamiento crítico, ya que los mandatos de la vacuna COVID-19 se interponen entre los estudiantes y la educación a la que tanto esfuerzo les costó acceder.

A muchos estudiantes les invade una sensación de pánico a medida que se acercan los plazos para presentar las pruebas de las vacunas COVID. Algunos tenían la esperanza de que la nueva evidencia del daño potencial a los jóvenes convencieran a los administradores de que los mandatos eran una mala idea.

Pero el constante flujo de lesiones trágicas entre nuestros jóvenes no ha logrado convencer a las universidades de que cambien de rumbo.

Otros estudiantes han descubierto que las escuelas que dicen respetar las exenciones religiosas han creado sistemas de segregación que exponen su estado de vacunación y los aíslan de la vida normal del campus.

En el momento de escribir este artículo, más de 580 de las 5.300 facultades y universidades de Estados Unidos han anunciado que los estudiantes deben estar completamente vacunados contra el COVID-19 para poder asistir a clase en otoño.

“Ha sido a lo que más vueltas le he estado dando”, admite Meredith, que tiene formación en derecho y es madre de dos estudiantes universitarias, “pero he estado esperando y deseando un cambio en la normativa”.

Su hija menor, que cursará el primer año en una universidad católica en otoño, se está sometiendo a pruebas para detectar un trastorno autoinmune y tiene otras afecciones médicas que pueden aumentar el riesgo de una reacción adversa grave.

Meredith ha oído hablar de los obstáculos a los que se enfrentan las personas que intentan obtener exenciones médicas y religiosas. Varios colegios católicos se enfrentan actualmente al rechazo a su negativa a conceder exenciones religiosas a los estudiantes que no están dispuestos a recibir vacunas contra el coronavirus que incorporen el uso de líneas celulares de fetos abortados, como la WI 38, femenina, y la MRC-5, masculina.

La hija mayor de Meredith, recientemente recuperada de COVID, cumplió a regañadientes con el mandato de vacunación de su universidad para evitar medidas “excesivamente punitivas” al volver a la escuela y, afortunadamente, parecía estar bien después de tres o cuatro días de intensos síntomas similares a los de COVID tras su inyección de Johnson & Johnson.

“Cada niño tiene un conjunto diferente de factores de riesgo, pero estas vacunas son de talla única”, dijo Meredith. “En este grupo de edad, donde la evidencia sugiere que el mayor riesgo de daño recae en las vacunas, veo una violación de la ética médica”.

Al igual que muchos padres, Meredith tiene serias reservas sobre las inyecciones de vía rápida y libres de responsabilidad que se introdujeron en la población humana por primera vez (y sólo bajo autorización de uso de emergencia) hace sólo 7 meses.

Ya hay un mar de señales de alarma que incluyen ahora miles de infecciones de COVID causadas por “fallos de la vacunación” y advertencias de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (“Food and Drug Administration”, FDA por sus siglas en inglés) sobre los elevados riesgos de síndrome de Guillain-Barré (Johnson & Johnson) y miocarditis (Moderna y Pfizer).

Hasta la fecha se han notificado al Sistema de Notificación de Efectos Adversos de las Vacunas (“Vaccine Adverse Event Reporting System”), gestionado por el gobierno, casi 500.000 informes de efectos adversos tras la vacunación con COVID, incluyendo casi 11.000 muertes.

Sin embargo, los Centros de Control de Enfermedades (“Centers for Disease Control”, CDC por sus siglas en inglés) y otras autoridades reguladoras han redoblado la apuesta por esta tecnología experimental insistiendo en que los beneficios siguen siendo mayores que los riesgos, a pesar de que el riesgo de mortalidad por COVID entre los estudiantes universitarios es <0,1% y la gran mayoría de los jóvenes se recuperan de estas infecciones sin incidentes.

Si la investigación científica sobre el tema de las vacunas es un asunto zanjado, se ha resuelto utilizando a los jóvenes como escudos humanos contra una enfermedad que realmente no les afecta, permitiendo que sean los daños colaterales de esta pandemia.

“Estoy frustrada porque realmente no hay opción”, dijo Meredith. “La idea de decirle a mi hija ‘no puedes ir a la universidad’… No puedo hacerlo. La universidad es un derecho de iniciación a la edad adulta. Pero las posibles consecuencias para un joven con enfermedades subyacentes… es una situación imposible”.

Es un verdadero enigma para los pensadores críticos que buscan una educación universitaria: ¿Las universidades piden a los estudiantes que adopten un pensamiento institucionalizado para poder entrar?

Como alguien que ha vivido en la China comunista y comprende visceralmente la naturaleza fundamental de nuestros derechos y libertades constitucionales, Meredith está alarmada por lo que está presenciando.

“Cuando cedemos nuestro libre pensamiento a los CDC, la FDA y el resto de la burocracia y nos vemos obligados a ignorar las pruebas disponibles, nuestra propia razón y lógica, ésto sólo nos lleva a una sensación de impotencia”, dijo Meredith. “Cuando dejamos de creer que somos personas libres, dejamos de ser personas libres”.

Así es.

Los estudiantes que crecieron aprendiendo que podían hacer cualquier cosa que se propusieran si se aplicaban, están descubriendo ahora que la admisión a la universidad significa sumisión.

Ahora se pide a miles de jóvenes que ya han pasado la COVID que anulen su propia inmunidad natural y que ignoren los datos científicos que sugieren que una infección previa podría aumentar el riesgo de sufrir un efecto adverso grave de la vacuna.

Otros, que simplemente se oponen a las inyecciones por otras razones, se ven obligados a pasar desapercibidos para evitar el ostracismo.

Esta no es la independencia que ninguno de estos chicos imaginó. Tampoco son las oportunidades educativas que imaginaban.

Pero quizás haya una luz al final de este túnel. Meredith y otros están ahora informados y comprometidos. Tanto los padres como los estudiantes se están armando de valor y están empezando a hablar, reuniéndose en las salas de estar, en las reuniones de los consejos de educación y en las protestas de todo el país.

Los confinamientos y el cierre de las escuelas no les han impedido aprender lo que necesitan saber para protegerse a sí mismos y a sus seres queridos, y están ideando nuevas formas de recuperar tanto la atención sanitaria como la educación.

Resulta que la innovación y las grandes ideas pueden surgir en cualquier lugar siempre que la gente sea libre de pensar.

Manténganse al tanto.