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agosto 13, 2020

El fundamentalismo de las vacunas: metáforas de guerra en la respuesta al Covid-19, la política de vacunación y la salud pública, Parte 1

Por Nate Doromal, Colaborador Invitado

La metáfora de la guerra ha sido durante mucho tiempo parte de la salud pública. En respuesta a la pandemia de Covid-19, los organismos de salud pública del mundo movilizaron y confinaron partes enteras de la sociedad con el objetivo funcional de detener la propagación de Covid-19.

En Estados Unidos, estados enteros fueron confinados, se cerraron escuelas públicas, se interrumpieron los servicios públicos del gobierno y se cerraron negocios, mientras en los principales medios de comunicación se pintaban imágenes sombrías de muerte, se emitían imágenes de enfermos y moribundos con respiradores, y se retransmitía un diálogo vívido de capacidad hospitalaria “desbordada”. Los periódicos y los medios de comunicación siguieron el juego, retransmitiendo contenido sobre los peligros de Covid-19 y la necesidad de un confinamiento continuado. Las empresas de tecnología de las redes sociales censuraron las opiniones disidentes en las redes.

Como quedó patente, la respuesta de salud pública aumentó con el tiempo, mientras surgían nuevos datos de la vida real que contradecían la gravedad de las previsiones de Covid-19. Lo que se suponía que iba a ser una breve respuesta de confinamiento, se prolongó durante meses; la economía estadounidense se tambaleó y se hundió a raíz de la respuesta, y los gobernadores estatales estadounidenses ampliaron sus poderes de emergencia a corto plazo para extender el período de confinamiento.

Los propios funcionarios de salud pública difunden la mentalidad de guerra con el mensaje repetido: Estamos en guerra con un enemigo invisible que debe ser erradicado. La mentalidad de guerra enfatiza la necesidad de auto-sacrificio para detener la propagación de Covid-19. Y las armas de guerra son glorificadas; las autoridades de salud pública glorifican su principal arma de vacunación.

Como en cualquier guerra, hay daños colaterales. Los daños colaterales aquí son los cimientos de la ética médica, el consentimiento informado, los derechos humanos, las libertades civiles e incluso la ciencia misma. ¿Cómo se puede llevar a cabo una investigación científica adecuada cuando se hace hincapié en un objetivo, “entregar una vacuna a toda velocidad” por encima del sano escepticismo científico y el discurso público? El daño colateral definitivo, por supuesto, se encuentra entre los dañados o heridos por decisiones que se apoyan en ciencia defectuosa.

Un examen más detenido de la respuesta de salud pública a Covid-19 revela un problema más profundo: la metáfora de guerra y la aceptación del  fundamentalismo de las vacunas ha sido durante mucho tiempo parte de la mentalidad de salud pública.

El fundamentalismo reduce lo complejo a lo simple y exige el sacrificio de lo inmediato, lo humano o lo personal al servicio de un objetivo ulterior general que se impone a todo.

El fundamentalismo de vacunas. ¿No importa nada más?

La metáfora de la guerra conlleva un estilo de pensamiento reduccionista que conduce a dos resultados exclusivos. Una de dos, o 1) ganamos erradicando la enfermedad en cuestión, o 2) la pandemia continúa y amenaza a toda la humanidad. La convivencia pacífica es vista como una especie de rendición.

A los ciudadanos se les dan opciones falsas: o bien participan en el esfuerzo bélico o se les pone del lado del “enemigo”. La vergüenza psicológica se utiliza para coaccionar a los opositores para que acaben por participar; después de todo, ¿quién quiere estar en el lado“pro-enfermedad?” Los esfuerzos para destruir la amenaza se priorizan c

El fundamentalismo de las vacunas es la creencia de que la vacunación es la intervención de salud pública más importante, que está por encima de toda crítica y que aumentar los parámetros de la tasa de aceptación de la vacunación es el propósito central de los organismos de salud pública.

Un funcionario de salud pública podría defender la práctica de la vacunación a través del dogma estándar, a menudo repetido, del fundamentalismo de las vacunas: las vacunas han salvado millones de vidas, representan una intervención de salud pública rentable y una gran cantidad de investigación científica ha demostrado una y otra vez que las vacunas son seguras y efectivas. Debido a su importancia, las vacunas están por encima de cualquier reproche y no se permite cuestionarlas ni criticarlas.

Si bien la práctica de la vacunación tiene un lugar en el repertorio de salud pública, las repercusiones de ese pensamiento fundamentalista no pueden ser ignoradas, y deben entenderse completamente.

La principal consecuencia del fundamentalismo de las vacunas es que la política de salud pública hace demasiado hincapié en un único parámetro reduccionista: una mayor aceptación de la vacunación. Y, en consecuencia, la persecución monotemática de cualquier objetivo puede conducir a otros resultados perjudiciales que se han ignorado casi en su totalidad.

Charles Eisenstein, en su libro Climate: A New Story explicó: “Este patrón de pensamiento se llama fundamentalismo, y es se asemeja mucho a la dinámica de dos instituciones definitorias de nuestra civilización: el dinero y la guerra. El fundamentalismo reduce el complejo a lo simple y exige sacrificios de lo inmediato, lo humano o lo personal al servicio de un objetivo general que supera a todos”.

La mentalidad bélica representa una desafortunada confluencia de ignorancia, miedo, prejuicios y ganancias… La ignorancia existe por derecho propio y se perpetúa aún más por la propaganda del gobierno.

Actitud de guerra en los esfuerzos para impulsar la aceptación de las vacunas

Cuando el fundamentalismo de las vacunas se combina con la metáfora de la guerra, la salud pública adopta el mantra de aumentar la aceptación de vacunas para combatir las enfermedades a cualquier precio. Sin embargo, el comportamiento de las instituciones de salud pública para lograr ese objetivo puede conducir a consecuencias perversas que aparentemente son lo opuesto a los objetivos políticos.

Las instituciones de salud pública han lamentado el aumento del sentimiento contra las vacunas. En respuesta, han desarrollado estrategias elaboradas para hacer frente a la vacilación sobre ponerse las vacunas. Pero no están entendiendo el punto crucial de que la desconfianza hacia las instituciones de salud pública surge de esos objetivos ulteriores de aumentar la aceptación de vacunas a cualquier costo.

Todas las estrategias utilizadas por las instituciones de salud pública para aumentar la aceptación de la vacunación se basan en una suposición clave: el núcleo de la negativa a la vacuna radica en que los que las rechazan ignoran la información científica y en que aceptan de la desinformación suministrada por quienes niegan las vacunas.

La actitud de guerra es evidente aquí. Hay una división de las personas en dos grupos separados: los que obedecen y los que no. A estos últimos se les pone una etiqueta de vacilantes o negacionistas de las vacunas. La salud pública ve implícitamente a estos grupos como una forma de desviación que debe corregirse a mediante los buenos esfuerzos de salud pública.

Las autoridades de salud pública también incorporan aquí una suposición importante: quienes cuestionan las vacunas no tienen preocupaciones válidas. Las metáforas bélicas de la salud pública permiten un rechazo insensible de cualquier inquietud y queja sobre la vacunación que se produzca dentro del entorno médico. Naturalmente, esta disminución de las preocupaciones y los agravios conduce a una mayor desconfianza entre la población hacia las instituciones de salud pública.

Hay numerosos problemas con la mentalidad de guerra que los funcionarios de salud pública ignoran. Charles Eisenstein resumió: “La mentalidad de guerra representa una desafortunada confluencia de ignorancia, miedo, prejuicios y ganancias… La ignorancia existe por derecho propio y se perpetúa aún más por la propaganda gubernamental. El miedo es el de la gente común asustada por la desinformación, pero también el de los líderes que puede que entiendan mejor la situación, pero se sienten intimidados por los costos políticos de hablar sobre una cuestión tan moralizada y delicada”.

Las voces disidentes quedan ahogadas por un argumento basado en falacias; las virtudes de las vacunas se utilizan como respuesta a preocupaciones legítimas sin abordar realmente la preocupación en cuestión.

El fundamentalismo de la vacuna erosiona la confianza en la salud pública

La mentalidad de guerra deshumaniza al enemigo como indigno de la participar en un enfrentamiento en un nivel de igual a igual. Del mismo modo, los funcionarios de salud pública han adoptado la política de negarse a iniciar un diálogo bidireccional con respecto a las preocupaciones sobre las vacunas por temor a legitimar las preocupaciones relativas a las vacunas. Sin embargo, estas estrategias son contraproducentes en el caso de que esas mismas preocupaciones crecen entre el público.

Lo que los funcionarios de salud pública tampoco se dan cuenta acerca de la negativa a entablar un diálogo bidireccional productivo con aquellos que tienen preocupaciones es que esta acción es una forma de violencia epistémica. La filósofa Kristie Dotson definió la violencia epistémica como una “negativa, intencional o no intencional, de una audiencia a corresponder comunicativamente a un intercambio lingüístico debido a una ignorancia perniciosa. Debe entenderse que la ignorancia perniciosa se refiere a cualquier ignorancia fiable que, en un contexto dado, dañe a otra persona (o conjunto de personas).”

La ignorancia perniciosa por parte de las autoridades de salud pública radica en la negativa a investigar a fondo cualquier tipo de crítica formulada contra el programa de vacunación. En cambio, estas críticas se etiquetan inmediatamente como desinformación sobre las vacunas para reducir su legitimidad en el ojo público. Las autoridades de salud pública responden a esas críticas ensalzando las virtudes de las vacunas.

Las voces disidentes quedan ahogadas por un argumento basado en falacias; las virtudes de las vacunas se utilizan como respuesta a preocupaciones legítimas sin abordar realmente la preocupación en cuestión. Por lo tanto, se produce una forma insidiosa de sesgo de confirmación; la presunta justificación de las vacunas proviene de una evaluación unilateral de un pasado que nunca se revisa.

Esta estrategia es contraproducente porque las personas que presentan las quejas no se sienten escuchadas. En respuesta a la sordera de las instituciones de salud pública, estas personas deben hacer el equivalente a gritar más fuerte. Se unen, forman coaliciones, inician campañas de base y abogan por el cambio de los legisladores. Como resultado, han surgido organizaciones bien organizadas (Children’s Health Defense e ICAN) cuyo objetivo principal es defender a aquellos cuyas preocupaciones no son escuchadas y presionar al gobierno para llevar a cabo una reforma de la salud pública.

La metáfora de guerra, entonces, alienta a los funcionarios de salud pública a redoblar sus actividades enérgicas para sofocar los avances realizados por los críticos de vacunas. Las agencias de salud pública en asociación con las empresas de tecnología de las redes sociales iniciaron campañas para la censura de desinformación de vacunas, las agencias de relaciones públicas fomentaron cada vez más la prensa negativa sobre los “anti-vacunas”, e instituciones previamente no relacionadas comenzaron a pedir decisiones políticas cada vez más draconianas con respecto a las vacunas.

El paternalismo en la salud pública ha sido criticado durante mucho tiempo, pero las metáforas de guerra elevan esta acusación. Las agencias de salud pública han adoptado una postura de paternalismo duro. Se han posicionado como una figura policial necesaria que defiende a la sociedad de la amenaza de las pandemias, que está dispuesta a anular las preocupaciones de los ciudadanos, a censurar la libertad de expresión y a utilizar la violencia en pos búsqueda de sus objetivos.

La salud pública transmite un mensaje que es esencialmente elitista por naturaleza, pidiendo a las personas que tengan fe en los expertos en salud pública sin dudarlo. La salud pública se ve a sí misma como la principal autoridad epistémica de la sociedad en asuntos relacionados con la salud pública, y cualquier cuestionamiento de su autoridad se recibe con resentimiento.

El público es consciente de estos problemas, y la desconfianza hacia la salud pública ha ido en aumento durante las últimas décadas. El fundamentalismo de las vacunas es peligroso porque las mismas estrategias utilizadas por los funcionarios de salud pública para aumentar la aceptación de la vacunación también, irónicamente, preparan las bases para socavar el bien público en el que se basa la totalidad del sistema de salud pública.

…se puede inculcar en los médicos la actitud de ignorar o socavar deliberadamente las preocupaciones de los pacientes al servicio del parámetro principal de la salud pública, que es aumentar las tasas de vacunación.

El fundamentalismo de las vacunas como amenaza para la ética médica

De acuerdo con el   Código de ética de la asociación Médica Estadounidense, un precepto fundamental de la ética médica es: “Un médico, mientras cuida a un paciente, debe considerar la responsabilidad hacia el paciente como lo primordial”. ¿Cómo funciona la responsabilidad hacia el paciente como primordial cuando está en desacuerdo con los objetivos estatales de salud pública? Idealmente existe la suposición de que lo que es bueno para el estado está en consonancia con lo que es bueno para el paciente, pero esto no siempre es así.

El fundamentalismo de las vacunas tiene la consecuencia perversa de que se puede inculcar en los médicos la actitud de ignorar o socavar deliberadamente las preocupaciones de los pacientes al servicio del parámetro principal de la salud pública, que es aumentar las tasas de vacunación.

Si bien las agencias de salud pública recopilan y clasifican activamente los tipos de preocupaciones que tienen los padres, estas actividades se realizan con el objetivo de abordar la dudas sobre la vacunación; debido al fundamentalismo de las vacunas, se asume que la decisión correcta para el individuo es vacunarse, independientemente de las circunstancias personales.

En lugar de utilizar los datos para facilitar el diálogo abierto, utilizan este conocimiento para crear estrategias contra las dudas sobre las vacunas. Por ejemplo, los CDC han creado materiales de capacitación que enseñan a los proveedores de atención médica cómo lograr una mayor conversión de las personas que dudan sobre vacunar en personas que cumplan con el calendario de vacunas.

La ética médica reconoce la importancia del consentimiento informado para preservar tanto la dignidad del paciente como la confianza en el sistema médico. El uso de técnicas de modificación del comportamiento por parte de los proveedores de atención médica para lograr una mayor aceptación de las vacunas es cuestionable y engañoso.

Incluso los médicos no son inmunes a las presiones del fundamentalismo de las vacunas, ya que la carga de guerra recae en última instancia sobre ellos pues son los que deben garantizar que sus pacientes cumplan con las recomendaciones de vacunas de salud pública. Según una investigación realizada por el Dr. Paul Offit, proporcionar información sobre las vacunas para obtener el cumplimiento consume mucho tiempo. Se encontró que el 53% de los médicos dedican de 10 a 19 minutos a discutir las vacunas con los padres preocupados, y el 8% de los médicos pasan 20 minutos o más con estos padres. También informaron que los pediatras experimentaron una menor satisfacción laboral debido al tiempo que pasaban con los padres que tienen preocupaciones importantes sobre las vacunas.

No puede haber un verdadero consentimiento informado si el paciente no puede rechazar libremente el tratamiento ni existe un verdadero consentimiento informado si las consecuencias de la negativa incluyen la posible repercusión de la terminación de la relación médico-paciente. Ciertamente, las pautas éticas médicas pueden hacerlo mejor.

Según el bioético Nir Eyal,“la coerción, el engaño, la manipulación y otras violaciones de los requisitos estándar de consentimiento informado ponen en serio peligro esa confianza”. El valor del consentimiento informado no aparece en ningún modelo epidemiológico, pero tiene un poderoso valor intangible para todos los involucrados. ¿Es  el fundamentalismo de las vacunas tan importante que justifica destruir la confianza en el sistema médico?

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